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Capítulo 03 - La mujer del vestido de satén

Capítulo 03 - La mujer del vestido de satén

Avery leyó la frase tres veces. La primera no la entendió. La segunda le dolió. La tercera le dio miedo.

“Si Kayla está embarazada, no la odies todavía”.

Beatrice había escrito aquello antes de morir. Antes de que Scott entrara en el salón con Kayla, antes de que el embarazo se convirtiera en arma, antes de que Avery firmara unos papeles destinados a romperla. O quizá no antes. Quizá Beatrice llevaba meses mirando a su nieto con la serenidad terrible de las mujeres mayores cuando ya no se engañan.

Scott hizo ademán de acercarse.

—¿Qué dice?

Avery dobló la carta y la guardó en su bolso.

—Nada que te pertenezca.

El notario se marchó poco después, dejando en el aire una promesa de procedimientos legales, bloqueos bancarios y reuniones que ya no podrían resolverse con sonrisas. Lucía seguía al teléfono, silenciosa, esperando. Scott se quedó de pie frente a la mesa con los papeles del divorcio como si fueran un cadáver.

Kayla no se movía.

Avery la miró bien por primera vez. No como rival. Como persona. Tenía la piel demasiado pálida bajo el colorete, las uñas mordidas pese a la manicura cara y un temblor leve en el labio inferior. No era la imagen de la amante triunfante. Era la de alguien que acababa de descubrir que la escalera por la que subía no estaba apoyada en ninguna pared.

—Vámonos —ordenó Scott.

Kayla no obedeció de inmediato.

—Me dijiste que Avery no sabía nada.

—He dicho que nos vamos.

Avery se levantó. El traje blanco le caía impecable, pero por dentro sentía la vieja fatiga de quien ha dormido demasiadas noches junto a un desconocido.

En la repisa, una fotografía de Beatrice joven parecía observar la escena con severidad. Avery recordó la primera vez que la anciana la llevó aparte en una comida familiar. “Nunca confundas buenos modales con debilidad”, le dijo, sirviendo jerez en dos copas diminutas. “En esta familia todos tienen los primeros. Lo segundo se lo inventan cuando les conviene.”

Avery no entendió entonces cuánto le estaba avisando.

—Kayla puede quedarse si quiere un vaso de agua.

Scott soltó una risa venenosa.

—Qué generosa. Ahora vas de santa.

—No —dijo Avery—. Voy de mujer que no quiere otra escena en su casa.

La palabra “su” quedó flotando. Scott la oyó. Kayla también.

Él salió primero, furioso, hablando por el móvil antes de llegar al recibidor. Seguro llamaba a su madre, Lydia Collins, especialista en convertir los errores de su hijo en tragedias ajenas. Kayla lo siguió a medias, pero al llegar a la puerta del salón se detuvo.

Avery no dijo nada.

Desde el recibidor llegó el sonido de Scott abriendo la puerta principal con demasiada fuerza. Luego su voz, amortiguada, diciendo algo sobre abogados y ladrones. Kayla dio un paso, se detuvo, se tocó el vientre y pareció escucharse a sí misma por primera vez.

Avery esperó. Había aprendido que empujar a una mujer asustada puede parecer ayuda y ser otra forma de control.

Kayla se volvió despacio.

—Yo no sabía lo de la condición.

—Eso no cambia que vinieras a mi casa detrás de mi marido.

La joven bajó la mirada.

—No.

Fue una respuesta pequeña, pero honesta. A Avery le molestó que la honestidad llegara tarde. Le molestó más que le importara.

—Él me dijo que ya estabais separados —añadió Kayla—. Que dormíais en habitaciones distintas. Que tú no querías hijos. Que solo seguías aquí por comodidad.

Avery sintió algo cerrarse en su estómago. No por la mentira; Scott mentía con la facilidad con que otros se anudan los zapatos. Lo que dolía era verse reducida a una caricatura en boca de un hombre que había conocido sus insomnios, sus miedos, su forma de llorar en silencio cuando el tratamiento de fertilidad falló por segunda vez.

—Qué curioso —dijo—. A mí me dijo que los viajes con olor a perfume eran reuniones en Valencia.

Kayla parpadeó.

—¿Valencia?

Avery notó el cambio. Muy leve. Una sombra pasando por sus ojos.

—Sí. ¿Por qué?

Kayla abrió la boca, pero la cerró enseguida. Desde el recibidor, Scott gritó su nombre. Ella se estremeció.

—Tengo que irme.

—Kayla.

La joven se quedó quieta.

—Si necesitas hablar sin él, Lucía Moreno es mi abogada. No será amable con Scott, pero sabe escuchar.

Kayla tragó saliva y salió.

Avery se quedó sola en el salón. Sola de verdad, quizá por primera vez en años. No había música, ni voces, ni pasos de Scott en la planta de arriba. Solo la luz limpia sobre las flores y el teléfono aún conectado.

—¿Estás bien? —preguntó Lucía.

Avery dejó escapar una risa sin alegría.

—No sé qué significa estar bien a estas alturas.

—Significa que no vas a abrir la puerta si vuelve gritando. Significa que vas a cambiar las cerraduras. Y significa que vas a leer esa carta conmigo, no sola.

Avery sacó el sobre otra vez. Las manos le temblaban ahora que nadie la miraba. Eso también era una forma de dignidad: resistir delante de quien quiere verte caer y permitirse temblar cuando se va.

La carta de Beatrice tenía tres páginas. Hablaba de dinero, sí, pero sobre todo hablaba de Scott. De su habilidad para seducir, de su resentimiento, de pequeñas crueldades que Avery había justificado como estrés. Hablaba de Lydia, su madre, y de la costumbre familiar de tapar todo con plata antigua.

En la segunda página apareció el nombre de Kayla.

“Esa muchacha no llegó sola a nuestra familia. Alguien la empujó. Si está embarazada, averigua quién paga su alquiler de la calle Almagro. La respuesta no será la que Scott te cuente”.

Avery se sentó de nuevo.

—Lucía —dijo—, necesito que busques una dirección.

—¿Cuál?

Avery leyó en voz alta el nombre de la calle, el número, el piso. Al otro lado, su abogada guardó silencio un instante.

—Avery… ese edificio pertenece a una sociedad vinculada a tu suegra.

Lydia.

Avery miró hacia el retrato de boda. En la foto, Lydia aparecía detrás de ellos, sonriendo con una copa en la mano y una mirada que entonces Avery confundió con orgullo.

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Por primera vez, la traición dejó de tener el rostro de una amante joven.

Y empezó a parecerse demasiado al de una madre que nunca la quiso en la familia.

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