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Capítulo 04 - La suegra que sonreía demasiado

Capítulo 04 - La suegra que sonreía demasiado

Lydia Collins llegó a las cinco de la tarde sin avisar, como había hecho siempre. Entraba en las casas ajenas con la seguridad de quien cree que el apellido es una llave maestra.

Avery la vio desde la ventana del despacho. Bajó de un coche negro, impecable, con el pelo rubio ceniza recogido y un collar de perlas que Beatrice le había regalado hacía veinte años. Lydia no llevaba flores ni gesto de madre preocupada. Llevaba prisa.

La asistenta miró a Avery, esperando instrucciones.

—Déjela pasar —dijo Avery—. Pero no cierre la puerta del despacho.

Lydia entró perfumando el pasillo con una fragancia cara y fría. Al ver a Avery sentada tras el escritorio de Beatrice, apretó los labios.

—Ese no es tu sitio.

Avery alzó la vista de los papeles.

—Qué raro. El testamento dice otra cosa.

Lydia sonrió. Era una sonrisa fina, útil para fotos de beneficencia y amenazas en voz baja.

—Querida, no confundas un susto legal con poder. Scott está nervioso, eso es todo. Los hombres, cuando van a ser padres, cometen torpezas.

—¿Llevar a su amante embarazada al salón de su esposa también cuenta como torpeza?

—Cuenta como realidad —respondió Lydia—. Y las mujeres inteligentes aprenden a retirarse con elegancia.

Avery dejó la carta de Beatrice dentro de una carpeta. No pensaba regalarle a Lydia la satisfacción de verla herida.

—¿Y cuánto cuesta esa elegancia?

La suegra ladeó la cabeza.

Lydia siempre había sabido medir el precio de una persona. Al jardinero lo llamaba “el chico” aunque tuviera nietos; a las camareras del club, “cielo” cuando quería algo y “esa gente” cuando se alejaban. Con Avery había usado otra moneda: la gratitud. Le recordaba con dulzura venenosa que Scott pudo casarse con “alguien de su círculo”, como si el amor fuera una invitación a una mesa donde ella comía de prestado.

—Podemos hablar de una cantidad. Una buena. Firmas que no impugnarás nada, abandonas la casa y todos conservamos la discreción.

Todos. Esa palabra había sido siempre el látigo favorito de Lydia. Todos significaba Scott. Todos significaba la familia. Todos nunca la había incluido a ella.

Avery se apoyó en el respaldo.

Notó, con una claridad casi física, que ya no necesitaba gustarle a aquella mujer. Durante años había llevado pendientes que Lydia aprobaba, había enviado flores en fechas absurdas, había aceptado críticas envueltas en consejos. Perder la necesidad de agradar fue como quitarse un collar demasiado apretado.

—¿La discreción incluye el piso de Almagro?

La sonrisa de Lydia se detuvo. Apenas un segundo, pero suficiente.

—No sé de qué hablas.

—Kayla vive allí. La sociedad propietaria está vinculada a ti.

—Madrid está lleno de sociedades.

—Y de mentiras mal archivadas.

Lydia se acercó al escritorio. Por primera vez, Avery vio algo parecido al miedo en sus ojos, aunque lo cubrió enseguida con desprecio.

Avery recordó otra tarde, años atrás, cuando Lydia la llevó a comprar vajilla “de verdad” porque la que Avery había elegido era, según ella, demasiado alegre. Scott no defendió el gusto de su esposa. Se limitó a guiñarle un ojo detrás de su madre, como si la cobardía pudiera pasar por complicidad simpática. Avery compró los platos blancos. Esa noche lloró en la ducha por una vajilla, y luego se odió por parecerle una tontería. Ahora entendía que nunca había sido la vajilla.

—Beatrice siempre tuvo debilidad por ti. Le gustaba coleccionar causas perdidas.

—A mí me parecía que coleccionaba verdades que nadie quería mirar.

La mención de Beatrice tensó la mandíbula de Lydia. Había una historia antigua entre ellas, una guerra de salones y herencias que Avery nunca entendió del todo. Beatrice, rica por nacimiento, había despreciado la ambición vulgar de su nuera. Lydia, por su parte, la había esperado morir como quien espera que llueva para limpiar una acera.

—Escúchame bien —dijo Lydia, bajando la voz—. Scott es mi hijo. No permitiré que lo destruyas.

Avery sintió una calma extraña.

—Yo no lo estoy destruyendo. Solo estoy dejando de sujetarlo.

Lydia sacó un sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa.

—Ciento cincuenta mil euros. Hoy. Sin abogados. Coges esto y te marchas a donde quieras. Barcelona, Lisboa, un pueblo bonito con mar. Te inventas una vida nueva. A tu edad todavía puedes hacerlo si no te empeñas en dar lástima.

Avery miró el sobre. Recordó a su madre en Sevilla, planchando uniformes de hotel para que ella estudiara. Recordó cada vez que Lydia insinuó que una mujer “sin familia importante” debía agradecer que la invitaran a cenar. Recordó la primera Navidad, cuando Scott le dijo al oído: “No le hagas caso, es su forma de protegerme”.

Una vida entera de pequeñas humillaciones cabe en una sola frase: “No es para tanto”.

—Guarda tu dinero —dijo Avery.

Lydia retiró el sobre despacio.

—Te arrepentirás.

—Probablemente. Pero no de esto.

La suegra se volvió hacia la puerta. Antes de salir, miró la estancia con rabia contenida.

—Beatrice no era una santa. Si supieras lo que hizo para proteger esa fortuna, no pondrías su carta tan cerca del corazón.

Avery se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Lydia sonrió otra vez, ahora sí con veneno.

—Pregúntale a tu abogado por el primer testamento. El que desapareció.

Y se marchó.

Avery no la siguió. Esperó a oír la puerta principal cerrarse. Luego llamó a Lucía con una urgencia que no intentó disimular.

—Necesito saber si hubo otro testamento.

—Ya estoy en ello —dijo Lucía—. Pero hay algo más. He encontrado transferencias mensuales a Kayla desde una cuenta que no pertenece a Lydia.

—¿De Scott?

—No. De una empresa antigua de Beatrice.

Avery se quedó mirando el escritorio. La madera oscura, los cajones con cerraduras de latón, la lámpara verde que Beatrice encendía incluso de día. De pronto, la mujer muerta ya no parecía solo protectora. Parecía una jugadora que había movido piezas antes de que nadie supiera que existía tablero.

Avery abrió el primer cajón. Vacío. El segundo contenía cartas viejas, recibos, una fotografía de Scott niño con cara de enfado. El tercero estaba cerrado.

Buscó la llave sin pensar demasiado y la encontró pegada bajo el tablero, sujeta con cinta oscura.

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Dentro del cajón había una caja estrecha de madera. Y dentro de la caja, un sobre con su nombre y una frase escrita por Beatrice:

“Si Lydia viene a comprarte, ya has llegado al verdadero principio”.

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