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Capítulo 02 - El olor a lavanda

Chapter 02 - Capítulo 02 - El olor a lavanda

Jake no recordaba haber visto nunca a su madre asustada. En su memoria de hijo, Teresa había sido siempre una mujer impecable incluso en los funerales, una de esas madres que llevaban pañuelos planchados en el bolso y una respuesta preparada para cualquier desgracia. Pero aquella noche, en el pasillo estrecho del apartamento, su rostro perdió durante un segundo la máscara de viuda respetable.

—Ha habido una confusión —dijo ella, alzando el mentón—. Megan estaba cansada. Las visitas la alteraban.

La voz del teléfono siguió hablando. Jake escuchó palabras sueltas: riesgo, seguimiento, reposo, autorización, no demorar. Cada una le golpeó con una fuerza distinta. Miró hacia el dormitorio, donde Megan permanecía inmóvil bajo la manta azul, con el perfil blanco contra la almohada.

—¿Por qué llamaron al fijo? —preguntó él.

La mujer del servicio prenatal tardó un instante en contestar.

—Porque los dos móviles asociados a la paciente dejaron de recibir mensajes. El contacto alternativo que figura aquí es el número de la casa, anotado a mano en la última consulta.

A mano. Jake recordó a Megan sentada en la mesa de la cocina semanas atrás, con una taza de té entre los dedos y la mirada apagada, preguntándole si podía acompañarla al médico. Él había respondido que tenía una reunión, que su madre la llevaría, que no exagerara. No lo había dicho con crueldad. Eso era lo peor. Lo había dicho con esa prisa de los hombres que confunden cansancio con autoridad.

Cuando colgó, Teresa estaba junto a la cómoda, doblando un camisón de Megan como si ordenar ropa pudiera ordenar la culpa.

—Hijo, tú sabes cómo se pone ella. Llora por todo. Desde que se quedó embarazada está… sensible.

Megan soltó una risa mínima. No de burla. De agotamiento.

—No he llorado por todo, Teresa. He llorado porque tenía sed y usted guardó la jarra en la cocina.

Jake sintió que algo se le abría bajo los pies.

—¿Qué?

—También escondió mis zapatillas —continuó Megan, sin levantar la voz—. Dijo que así no tendría “antojos nocturnos”. Pero la verdad es que no quería que bajara al portal cuando viniera Inés.

El nombre de la vecina cayó como una cuchara en un fregadero silencioso.

Teresa dejó de doblar.

—Esa mujer se mete donde no la llaman.

Inés Ortega vivía en el tercero, frente al ascensor. Setenta años, pelo blanco recogido con pinzas de carey, acento andaluz intacto después de cuatro décadas en América y una forma de mirar que hacía que los mentirosos se tocaran el cuello. Solía dejarles pan de aceite, membrillo casero y, últimamente, notas bajo la puerta con frases sencillas: “¿Hoy estás bien?” “Golpea dos veces la pared si necesitas algo.”

Jake no sabía nada de eso.

Megan cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, su voz salió más firme.

—La manta huele a lavanda porque ella la lavó tres veces. Quería quitar el olor del sótano.

Jake miró a su madre. Teresa parpadeó demasiado rápido.

—¿Qué sótano?

El golpe en la puerta del apartamento respondió por ella. Tres golpes lentos. Después, la voz de Inés, baja pero clara.

—Megan, cariño. La policía viene conmigo. Y traje la bolsa que encontré en el cuarto de calderas.

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Teresa, por primera vez, buscó una silla con la mano como si el suelo hubiese cambiado de sitio.

Pero cuando Jake abrió la puerta, lo que Inés llevaba no era una bolsa cualquiera, sino la chaqueta azul de Megan con la manga rasgada y una llave pequeña atada con hilo rojo.

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