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Capítulo 01 - La manta azul

Chapter 01 - Capítulo 01 - La manta azul

La lámpara de la mesilla tenía una pantalla color miel y, aun así, aquella noche no calentaba nada. Dejaba un círculo de luz cansada sobre el vaso de agua intacto, el plato de sopa fría y la esquina de una carpeta médica que Megan había escondido debajo de una revista vieja de recetas. Fuera, Chicago respiraba con ese zumbido de calefacciones y coches mojados que suben desde la calle cuando el invierno todavía no se decide a marcharse.

Megan estaba tumbada de lado, con una mano sobre la curva enorme de su vientre y la otra apretando la manta azul contra las piernas. No lloraba de la forma en que la gente espera que llore una mujer rota. Tenía los ojos húmedos, sí, pero muy abiertos, como si hubiese aprendido que cerrar los párpados era darle permiso al miedo para entrar.

Jake entró con el traje negro aún puesto, el nudo de la corbata aflojado y una preocupación que le llegó tarde a la cara. Detrás de él apareció Teresa Callahan, su madre, vestida de rojo oscuro, con el pelo rubio peinado como para una cena de aniversario y no para meterse en el dormitorio de una mujer embarazada a las once de la noche.

—Megan —dijo Jake, acercándose a la cama—. Mamá dice que llevas todo el día encerrada. Que no has comido. Que no contestabas.

Megan miró primero a Teresa. No a Jake. Eso fue lo que él no supo leer al principio.

—Jake… si ves esto, todo se va a derrumbar.

Él extendió la mano hacia el borde de la manta azul. Le temblaban los dedos. Tal vez por rabia, tal vez por miedo, tal vez porque por primera vez en semanas no estaba escuchando solamente la voz de su madre dentro de la cabeza.

—Megan, basta —murmuró Teresa desde la puerta—. No lo conviertas en teatro.

Jake levantó la manta solo lo suficiente. El aire cambió. No hubo grito. No hizo falta. Su rostro, que había llegado cargado de sospechas, se vació de golpe. Miró las marcas oscuras en las piernas de Megan, luego el plato de sopa frío, luego el vaso sin tocar, luego a su madre.

—Megan… ¿quién te hizo esto?

Megan respiró despacio. Su barriga se movió bajo la camiseta blanca, como si la niña que llevaba dentro hubiese sentido la tensión de la habitación.

Teresa se adelantó con una mano en el pecho, ofendida antes de ser acusada.

—Ella está intentando hacerte elegir entre nosotras.

Megan no apartó los ojos de Jake. Le dolían tantas cosas que ya no sabía cuál nombrar primero.

—Ella solo entra aquí cuando tú te vas al trabajo.

El silencio cayó tan pesado que hasta el radiador pareció dejar de sonar. Jake giró lentamente hacia su madre. Teresa no retrocedió, pero algo en su cara se tensó; no culpa, todavía no, sino la incomodidad de quien ve una puerta que creía cerrada abrirse desde dentro.

—Mamá… ¿qué hiciste?

Fue entonces cuando sonó el teléfono fijo del pasillo. Nadie lo usaba desde hacía años. Teresa se sobresaltó antes que todos. Jake salió dos pasos y contestó con la mano rígida.

Una voz de mujer, profesional y fría, atravesó la habitación.

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—Señor Callahan, le llamo del servicio prenatal domiciliario. Su madre canceló tres visitas en nombre de su esposa.

Y Megan, sin soltar la manta, supo que aquella era solo la primera llave de una casa llena de habitaciones cerradas.

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