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Capítulo 03 - La llamada que no debía escucharse

Capítulo 03 - La llamada que no debía escucharse

Lila apagó el móvil con tanta rapidez que pareció quemarle en la mano.

Mercedes cerró la puerta, quitó la cadena y dejó pasar a la joven solo después de mirarla de arriba abajo como quien deja entrar una tormenta porque fuera ya está granizando.

—Una advertencia —dijo—. Si has venido a tenderle una trampa, te equivocas de casa. Yo he interrogado a hombres mucho más listos que tu jefe.

—No es mi jefe —respondió Lila en voz baja.

—Peor me lo pones.

Claire no dijo nada. Se quedó de pie junto al sofá, observando a aquella chica que esa misma mañana había recibido las maletas de su marido delante de medio edificio. Era demasiado joven para tener la piel cansada, y sin embargo la tenía. La culpa no envejece por años, sino por peso.

Lila dejó el pendrive sobre la mesa.

—Ethan me dijo que vuestro matrimonio estaba acabado. Que tú no salías de casa. Que tenías ataques de celos, que le seguías, que le amenazabas con hundir la empresa si él pedía el divorcio.

Claire sintió una risa amarga subirle por la garganta.

—Y tú le creíste.

—Quise creerle.

La frase cayó entre ellas con una honestidad incómoda.

Mercedes conectó el pendrive al portátil. Aparecieron varias carpetas: audios, correos, capturas de pantalla, documentos escaneados. No había mucho orden, pero sí urgencia. Alguien había copiado aquello deprisa, quizá de un ordenador ajeno, quizá mientras vigilaba una puerta.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Mercedes.

Lila se frotó las manos.

—De la cuenta compartida de dirección. Ethan me pidió que limpiara unos archivos antes de una auditoría interna. Dijo que eran borradores viejos. Pero vi el nombre de Claire.

Claire cerró los ojos un segundo.

Su nombre. Siempre su nombre en papeles que otros movían sin preguntarle.

Mercedes abrió el primer audio.

Durante unos instantes solo se oyó ruido de vajilla, una cucharilla golpeando porcelana, el murmullo apagado de un restaurante. Luego apareció la voz de Ethan, tranquila, casi aburrida.

—El viernes no puede fallar. Si Claire firma la venta, perfecto. Si no firma, Ortega activa el informe y pedimos medidas cautelares.

Claire se llevó una mano al pecho.

La segunda voz era de una mujer mayor. Firme. Educada. Cuchillo envuelto en seda.

—No subestimes a tu esposa. Las mujeres calladas tienen la mala costumbre de observar demasiado.

Beatriz Lawson.

La madre de Ethan siempre había olido a nardo y a dinero viejo. Había tratado a Claire con una cortesía que no calentaba ni una taza. Nunca le había gritado. Nunca le había insultado. Simplemente la había ido borrando de las conversaciones, de las fotografías, de las decisiones familiares.

—Claire no tiene a nadie —dijo Ethan en la grabación—. Mercedes está jubilada y medio enferma.

Mercedes levantó las cejas.

—Medio enferma está su vergüenza.

La voz de Beatriz continuó.

—Tiene el piso de Chamberí, las participaciones heredadas y, sobre todo, memoria. Eso es lo peligroso. Si recuerda cómo entró su dinero en la empresa, hará preguntas.

Claire abrió los ojos.

—¿Mi dinero?

Mercedes pausó el audio.

—¿A qué se refiere?

Claire tardó en contestar.

Había una parte de su vida que no contaba porque parecía de otra mujer. Antes de Ethan, antes de las cenas de empresa y las sonrisas de esposa perfecta, Claire había heredado de su madre una suma modesta pero suficiente. La invirtió al principio, cuando Ethan era un consultor brillante con más ambición que fondos. Él siempre dijo que se lo devolvería en acciones.

Luego vino la boda.

Luego la mudanza.

Luego la enfermedad del padre de Ethan.

Luego un papel que ella firmó sin leer del todo porque él le besó la frente y le dijo: “Confía en mí, amor.”

—Invertí en Lawson Iberia cuando no era nada —murmuró—. Pero Ethan dijo que fiscalmente convenía ponerlo de otra manera.

Mercedes la miró con tristeza profesional.

—Claro que lo dijo.

Reanudó el audio.

—La becaria es útil —decía Beatriz—, pero no te encariñes con tus herramientas.

Lila bajó la cabeza.

—No sabía que hablaban así de mí.

Ethan soltó una risa breve.

—Lila hace lo que quiero. Cree que voy a casarme con ella.

El rostro de Lila se tensó. No lloró. Claire lo notó. Esa frase le había dolido, pero no la había sorprendido del todo.

Beatriz dijo:

—Entonces que siga creyéndolo hasta la firma. Después le buscas un puesto en Lisboa y se acaba.

El audio terminó.

En la habitación quedó un silencio pesado. Afuera, un autobús frenó en la calle y alguien gritó un nombre. La vida, siempre tan desconsiderada, seguía pasando.

Claire miró a Lila.

—¿Por qué has venido realmente?

La joven levantó la cara. Tenía los ojos rojos, pero secos.

—Porque mi padre perdió su empresa por culpa de los Lawson.

Mercedes se inclinó hacia delante.

—Explícate.

—Mi padre se llamaba Daniel Parker. Era socio de Ethan al principio, antes de que existiera Lawson Iberia. Murió hace cinco años, arruinado y convencido de que había cometido un error administrativo. Mi madre nunca lo creyó. Yo entré como becaria para buscar pruebas. Ethan se fijó en mí antes de que yo supiera qué hacer con lo que encontraba.

Claire la observó con una mezcla de rabia y compasión que le resultó insoportable.

—Entonces no fuiste solo ingenua.

—No.

—Fuiste a cazar y acabaste en la trampa.

Lila asintió.

—Sí.

Mercedes abrió otra carpeta. Había correos entre Ethan y una sociedad en Luxemburgo, contratos de venta, una lista de accionistas, nombres tachados. Entre ellos, uno que hizo que Claire dejara de respirar.

C. Delmas.

Al lado, una anotación: “Regularizar antes de divorcio.”

Mercedes soltó un silbido bajo.

—Claire, creo que tu marido no solo quería dejarte. Quería robarte sin que pudieras defenderte.

El móvil de Lila volvió a encenderse. Esta vez no sonó. Apareció un mensaje de Ethan.

“Sé dónde estás.”

Lila se puso pálida.

Mercedes se levantó y fue hacia la ventana. Apartó apenas la cortina.

En la acera de enfrente, junto a un coche oscuro, había un hombre con abrigo gris mirando hacia el edificio.

Claire reconoció al chófer de Beatriz.

—No ha venido por ti —susurró Mercedes.

Claire entendió antes de que lo dijera.

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El hombre levantó el móvil y tomó una foto de la ventana.

—Ha venido por todas nosotras.

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