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Capítulo 03 - La clínica de La Encina

Capítulo 03 - La clínica de La Encina

Clara no volvió a dormir en su piso aquella noche.

Tampoco volvió al hotel donde había dejado una maleta pequeña, dos mudas y una fotografía de su madre enmarcada en madera barata. Samuel dijo que no era seguro. Nuria dijo lo mismo con otras palabras. Paula Luján, desde el fondo del salón, siguió mirándola como si tuviera una deuda atravesada en la garganta.

Clara no confiaba en ninguno del todo.

Ni siquiera en sí misma.

La rabia aclara algunas cosas, pero enturbia otras. Durante años, había imaginado el momento de enfrentarse a Víctor. Lo veía pálido, derrotado, rodeado de gente que por fin le negaba la mano. Nunca imaginó que, en medio de esa victoria, alguien pronunciaría una frase capaz de convertirla otra vez en hija.

Tu padre está vivo.

La llevaron a un apartamento discreto en Chamberí, propiedad de Nuria. No había lujos, sólo una mesa grande, persianas de madera y libros de derecho apilados en todas partes. Clara se quitó el vestido negro y plata con cuidado, como si al desabrocharlo pudiera romper algo más que tela.

En el forro interior, cerca de la cintura, su madre había cosido una pequeña cinta azul.

Clara la tocó con los dedos.

Ana Montes no dejaba nada sin sentido.

—Mañana iremos a La Encina —dijo Samuel desde la puerta, sin entrar.

—Iré yo.

—No sola.

Clara lo miró en el reflejo del espejo.

—No estoy acostumbrada a que me custodien.

—Y yo no estoy acostumbrado a dejar que maten a mis clientes por orgullo.

No lo dijo con dureza.

Eso lo hizo más difícil de rechazar.

Samuel Ortega había trabajado para la seguridad privada de los Luján quince años antes. Clara lo sabía porque lo había investigado. También sabía que fue despedido después de declarar a favor de una limpiadora acusada de robar un reloj que apareció meses después en el coche del hijo menor de Víctor.

A los Luján no les gustaba la gente que recordaba.

A la mañana siguiente, salieron antes de las ocho. Paula insistió en ir. Nuria se opuso. Clara, contra toda prudencia, aceptó.

—Si vas a mentirme —le dijo a Paula en el coche—, hazlo ahora. Tengo poca paciencia y demasiados motivos.

Paula apretó el bolso sobre las rodillas.

Tenía treinta años, el mismo perfil orgulloso de su padre y unos ojos que no habían heredado su frialdad. En la gala llevaba un vestido verde botella. Aquella mañana, sin maquillaje, parecía más joven y mucho más cansada.

—Yo creía que habías muerto —dijo.

—Mucha gente creyó cosas cómodas.

Paula aceptó el golpe.

—Cuando tenía trece años, escuché a mi padre discutir con mi abuela. Hablaban de una niña escondida y de un documento que no podía aparecer. Mi abuela dijo que, si te buscaban, Ana moriría de verdad.

Clara giró la cabeza.

—¿De verdad?

Paula se dio cuenta del error.

—No quise decir...

—Sí quisiste.

El coche quedó en silencio.

La clínica de La Encina estaba a cuarenta minutos de Madrid, en una finca con cipreses, muros claros y ventanas demasiado limpias. No parecía un sitio donde se encerrara a nadie. Eso la hacía peor.

Las prisiones bonitas son las que más tardan en dar vergüenza.

En recepción, una mujer con sonrisa profesional dijo que no había ningún Eduardo Luján ingresado. Nuria pidió hablar con dirección. La sonrisa bajó medio centímetro. Samuel miró una cámara. Paula se apartó hacia el pasillo y llamó a alguien con voz baja.

Clara sostuvo la cinta azul del vestido dentro del bolsillo.

No sabía por qué la había llevado.

Quizá porque su madre, incluso muerta, seguía pareciendo más fiable que cualquiera vivo.

Un médico de barba pulcra apareció diez minutos después. Se presentó como doctor Salvatierra.

—Entiendo que ha habido una confusión familiar —dijo.

Nuria dejó sobre el mostrador una autorización judicial provisional obtenida esa misma mañana.

—La confusión puede explicársela al juzgado.

El médico leyó el documento y perdió color.

Los pasillos de La Encina olían a lavanda y lejía. En las paredes había cuadros de campos tranquilos. Clara pensó que alguien había gastado mucho dinero en que las familias no sintieran culpa al dejar allí a quienes estorbaban.

La habitación 27 estaba al final de la planta baja.

El hombre sentado junto a la ventana no se parecía a la fotografía que Clara guardaba de niña.

Eduardo Luján había sido alto, moreno, con manos de pianista y una risa que aparecía antes que él en los pasillos. El hombre de la habitación tenía el pelo blanco, los hombros hundidos y una manta sobre las piernas.

Pero cuando Clara entró, levantó la vista.

Y tarareó tres notas.

Tres notas de una canción que Ana cantaba mientras fregaba platos, una melodía tonta inventada para que Clara dejara de llorar cuando tenía fiebre.

Clara se quedó clavada.

—Papá.

Eduardo parpadeó.

Sus labios temblaron.

—Clariña.

Samuel bajó la mirada.

Nuria se volvió hacia el pasillo.

Paula se cubrió la boca con una mano.

Clara cruzó la habitación y se arrodilló frente a él. Eduardo levantó despacio una mano y le tocó la cicatriz de la ceja, como si necesitara confirmar que el tiempo no se la había inventado.

—Dijeron que habías muerto —susurró ella.

—A mí también.

La frase cayó entre los dos con diecisiete años de retraso.

Eduardo hablaba con dificultad, pero no parecía perdido. Parecía agotado. Sobremedicado. Enterrado en vida bajo informes médicos, visitas vigiladas y una familia que había confundido cuidado con secuestro.

—Víctor dijo que Ana te llevó lejos —murmuró—. Después dijo que hubo un accidente. Yo... yo no podía salir. Firmé cosas. No sabía qué eran.

Clara le sostuvo la mano.

—Ya no va a firmar nada.

Eduardo miró hacia la puerta.

—Mercedes...

—Dijo que estabas vivo.

Él cerró los ojos.

—Demasiado tarde.

Clara sintió una rabia triste, distinta de la de la gala. La rabia contra Víctor era fácil. La rabia contra Mercedes era más sucia, porque llevaba culpa, edad y cobardía mezcladas.

Nuria revisó el expediente de la habitación. En la carpeta aparecían informes de incapacidad periódica, autorizaciones de tratamiento y una firma repetida: doctor Álvaro Méndez, médico de confianza de la familia Luján.

Paula se acercó a Clara.

—Ese médico cena en casa de mi padre todos los jueves.

Clara la miró.

—Qué casualidad.

Paula aguantó la ironía.

Eduardo apretó los dedos de Clara con más fuerza de la que ella esperaba.

—No confíes en Mercedes.

La frase la atravesó.

—¿Por qué?

Eduardo respiró con dificultad.

—Ella no te vendió por dinero.

Clara inclinó la cabeza.

—¿Entonces por qué?

Antes de que pudiera responder, sonó una alarma en el pasillo.

El doctor Salvatierra apareció en la puerta con dos auxiliares.

—Esta visita ha terminado.

Samuel dio un paso adelante.

Pero Eduardo, con los ojos fijos en Clara, alcanzó a decir una última cosa:

—Tu madre dejó la verdad cosida donde nadie rico miraría jamás.

Clara bajó la vista al vestido doblado sobre su brazo.

A la cinta azul.

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Y entendió que la prenda que había usado para humillar a Víctor no era sólo un símbolo.

Era un escondite.

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