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Capítulo 07 - El socio que no debía volver

Capítulo 07 - El socio que no debía volver

Thomas no abrió de inmediato.

Eso fue lo que me confirmó que sabía quién estaba al otro lado. Mi padre, que jamás tardaba en recibir a nadie porque le gustaba controlar incluso el primer saludo, se quedó mirando la puerta como si acabaran de llamar desde una tumba.

El timbre sonó otra vez.

Beatrice susurró:

—No puede ser.

—¿Murray? —pregunté.

Thomas no me contestó.

Se alisó el polo verde, respiró hondo y caminó hacia la entrada con la rigidez de un hombre que está a punto de sonreír ante alguien a quien odia o teme. Yo tomé el portátil con una mano y con la otra acerqué a Leo a mí.

Cuando la puerta se abrió, apareció un hombre alto, de pelo blanco y traje gris claro. Tendría unos sesenta y muchos, pero conservaba esa energía desagradable de quienes han pasado la vida entrando en habitaciones donde todos se levantan.

—Tom —dijo—. Me han dicho que tenías visita.

Su mirada pasó de mi padre a Beatrice, luego a mí, y finalmente se detuvo en Leo.

Sonrió.

—Vaya. Los años no perdonan, pero los secretos vuelven con buena cara.

Sentí un escalofrío.

—Chloe —dijo Thomas—, él es Richard Murray.

—Ya he oído su nombre.

—Seguro que sí —respondió Murray—. Los muertos hablan mucho cuando alguien les presta un micrófono.

Beatrice retrocedió.

—Richard, no tienes derecho a venir aquí.

Él entró sin pedir permiso.

—Querida Bea, esta casa se sostuvo muchos años gracias a gente que sabía hacer lo necesario. No me hables de derechos.

Leo me apretó la mano.

—No me gusta.

—A mí tampoco —dije.

Murray oyó la frase y rió.

—Tiene carácter. ¿Rivas?

La pregunta fue suave, pero llevaba veneno. Thomas miró al suelo. Beatrice se quedó quieta.

—Su apellido no es asunto suyo —dije.

—Todo lo que tiene que ver con Andrés Rivas acabó siendo asunto mío.

Me acerqué un paso.

—Entonces quizá pueda explicar por qué mi padre tenía su reloj.

Murray miró el reloj sobre la mesa. No mostró sorpresa. Eso fue lo peor. No era un hombre descubriendo una prueba, sino reconociendo un objeto que ya había visto.

—Los jóvenes idealistas suelen dejar cosas atrás.

—Andrés dejó un vídeo.

La sonrisa se le congeló apenas.

Thomas cerró la puerta despacio.

—Chloe, basta.

—No. Ahora empieza.

Murray suspiró como si yo fuera una niña caprichosa.

—Mira, muchacha. No sé qué te han contado, pero tu padre cometió errores administrativos. Nada más. Rivas se metió donde no debía, amenazó con destruir una empresa que daba de comer a doscientas familias y después tomó malas decisiones.

—¿Murió por sus malas decisiones?

—Murió porque el mundo no es una novela donde la gente buena gana por tener razón.

Aquella frase me dio náuseas.

Beatrice habló de pronto.

—Richard, Andrés estaba vivo cuando lo llevasteis al hospital.

Murray la miró con frialdad.

—Y tú estabas preciosa aquella noche, Bea. Con ese abrigo rojo. Llorando en el aparcamiento como una santa de postal.

Mi madre se estremeció.

Yo giré hacia ella.

—¿Tú lo viste?

Beatrice negó, pero no lo suficiente.

—Lo oí.

—¿Qué oíste?

Murray hizo un gesto impaciente.

—Esto es inútil.

—¿Qué oíste? —repetí.

Mi madre me miró. Había en su rostro una derrota profunda, pero también algo parecido a una decisión.

—Oí a Andrés pedir que te llamaran.

Leo cerró los ojos.

Me incliné hacia él.

—Cariño…

—Quiero saber —dijo, muy bajo.

Ningún niño debería tener que pedir permiso para conocer el amor que le fue negado.

Murray se acercó al salón.

—Escuchadme bien. Lo que creéis tener no vale nada. Los plazos han pasado. La empresa se vendió. Salcedo firmó una indemnización. Carmen Rivas aceptó dinero.

—Mi madre no aceptó nada —dijo una voz desde la puerta.

Todos nos giramos.

Un hombre de unos cuarenta años estaba en el umbral. Llevaba barba corta, chaqueta oscura y una carpeta de cuero bajo el brazo. No lo conocía, pero sus ojos sí me resultaron familiares: eran los de Andrés endurecidos por años que él no había podido vivir.

Murray dejó de sonreír.

—Gabriel.

El recién llegado miró a Leo primero, luego a mí.

—Soy Gabriel Rivas. Hermano de Andrés.

Sentí que el suelo se movía otra vez.

—¿Hermano?

Gabriel asintió.

—Y he venido porque mi madre se está muriendo sin haber conocido a su nieto.

Leo dio un paso hacia atrás, confundido.

Pero Gabriel aún no había terminado.

—También he venido porque Richard Murray acaba de mentir en una cosa: mi madre nunca aceptó dinero. Lo aceptó alguien usando su firma.

Richard Murray traía consigo el olor de los despachos cerrados: colonia cara, cuero, papel timbrado y esa confianza de los hombres que nunca han tenido que pedir perdón a una camarera. En otro tiempo, quizá me habría impresionado. Había crecido viendo a mi padre respetar a hombres como él, reírles las bromas, servirles whisky en vasos bajos.

Ahora solo veía a un anciano peligroso intentando actuar como si el mundo siguiera perteneciéndole.

Beatrice, en cambio, sí temblaba ante él. No era un temblor nuevo. Era antiguo, aprendido. Me pregunté cuántas cenas habría presidido ese hombre en nuestra mesa, cuántas veces habría brindado por la amistad mientras mi madre apretaba una servilleta bajo el mantel.

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Leo se dio cuenta. Los niños perciben el miedo aunque no sepan nombrarlo. Por eso se pegó a mí, no solo buscando refugio, sino ofreciéndomelo.

Y entonces miró directamente a Thomas.

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