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Capítulo 08 - La Madrina

Chapter 08 - Capítulo 08 - La Madrina

Eleanor no estaba en la cama.

La ventana de la habitación seguía cerrada por dentro. La puerta no había sido forzada. La enfermera juraba que sólo había salido tres minutos para traer agua caliente. Tres minutos. En una casa llena de policías, cámaras y familiares que creían por fin haber aprendido a mirar.

Sobre la almohada había un pañuelo de seda azul.

Margaret lo reconoció al instante.

—Victoria.

Liam sintió que el cansancio se convertía en una furia quieta. Clara estaba detenida. Inés Valdés también. El doctor Héctor Valdés había sido localizado intentando tomar un vuelo a Miami. Rivas, el notario, había pedido abogado. Y aun así, la mujer que todos habían llamado La Madrina había entrado en la casa Carter como si las cerraduras fueran simples sugerencias.

Reyes revisó cámaras.

Nada.

O casi nada.

A las 22:14 se veía a una auxiliar nueva entrar por la puerta de servicio con una bandeja de medicación. Uniforme correcto, mascarilla, gorro. La agencia negaba haberla enviado. En la imagen, la mujer levantaba un segundo la cara.

No era Victoria.

Era una joven de unos treinta años.

Rosa, al verla, se puso pálida.

—La conozco.

Todos se volvieron hacia ella.

—Se llama Maribel. Trabajaba en Santa Aurelia. Era buena con los pacientes. Después desapareció.

—¿Desapareció? —preguntó Reyes.

Rosa asintió.

—Porque quiso hablar.

La imagen mostraba a Maribel saliendo veinte minutos después con un carrito de lavandería grande. Nadie revisó el interior. Eleanor, frágil y sedada, podía caber allí.

Margaret se sentó como si el cuerpo se le hubiera vaciado.

—La he perdido otra vez.

Liam se arrodilló ante ella.

—No.

—Sí. Por mis firmas, por mis miedos, por esperar a que Henry arreglara lo que yo también había hecho.

—Mamá, ahora estamos todos mirando.

—Eso debimos hacer hace veinte años.

No había respuesta justa.

A veces el amor consiste en no contradecir el dolor de alguien sólo porque nos incomoda.

Victoria llamó a las once.

No al móvil de Liam.

Al teléfono fijo de la casa Carter.

El sonido atravesó la biblioteca como una reliquia.

Reyes grabó la llamada.

Margaret pidió contestar.

Liam quiso negarse. Ella le sostuvo la mirada.

—Me ha hablado desde las sombras demasiado tiempo.

Contestó.

—Victoria.

La voz al otro lado era suave, culta, ligeramente divertida.

—Maggie. Sigues teniendo esa voz de profesora que cree que las palabras limpian lo que tocan.

—¿Dónde está Eleanor?

—Descansando.

—Si le haces daño…

—¿Más del que ya le hiciste tú?

Margaret cerró los ojos.

Liam vio el golpe.

—No voy a discutir mi culpa contigo —dijo Margaret—. La conozco mejor que tú.

Hubo un silencio.

Victoria no esperaba eso.

—Qué madura. Qué tarde.

—Sí. Tarde. Pero no muerta.

La voz de Victoria se volvió más fría.

—Henry también pensó que llegar tarde era llegar. Mira cómo terminó.

Liam apretó los puños.

Margaret respiró despacio.

—¿Qué quieres?

—La caja completa de Henry. Los documentos, la memoria, la lista de Rosa y cualquier copia.

—Ya no están sólo aquí.

—Siempre hay originales.

—No.

Victoria suspiró.

—Entonces Eleanor tendrá una recaída. Triste. Después de tantos años institucionalizada, nadie se sorprenderá demasiado.

Margaret miró a Liam.

Él negó con la cabeza.

Margaret dijo:

—Te daré una cosa.

—¿Cuál?

—A mí.

Liam se incorporó.

—No.

Margaret levantó una mano para callarlo.

—Tú siempre quisiste que Henry me hubiera elegido a mí por error. Ven a decirme eso a la cara.

La llamada quedó en silencio.

Luego Victoria rió suavemente.

—El valor te queda extraño, Maggie.

—Y la crueldad te queda vieja, Victoria.

La línea se cortó.

Reyes empezó a organizar el rastreo. Había durado poco, pero suficiente para ubicar una zona industrial al este de la ciudad, cerca de un antiguo edificio restaurado por la empresa de Henry veinte años atrás.

—No irá ella —dijo Mara—. Mandará a alguien.

Margaret se levantó.

—Voy yo.

—No —dijo Liam.

—Sí.

—No voy a dejar que te uses como cebo.

Ella lo miró con esa claridad que Clara había intentado llamar locura.

—Liam, me encerraron porque durante años acepté que otros decidieran cuándo era prudente hablar. No me pidas que vuelva a sentarme.

Liam entendió.

No le gustó.

Pero entendió.

El plan fue controlado: Margaret iría en un coche policial sin identificar, con micrófono, escolta y médico. Liam estaría cerca, Reyes dirigiría, Mara coordinaría las pruebas. Rosa insistió en ir también, pero esta vez Margaret le pidió quedarse.

—Ya salvaste suficiente por una vida.

Rosa respondió:

—Eso no existe, señora.

Aun así, se quedó con una taza de café que no bebió.

El edificio industrial estaba vacío.

O parecía vacío.

Margaret entró por una puerta lateral, apoyada en un bastón, con un abrigo gris sobre los hombros. La luz de los faros dibujaba sombras largas.

En el centro del espacio, sentada en una silla, estaba Eleanor.

Viva.

Atada, pero consciente.

Y detrás de ella, con un abrigo de lana azul y el mismo pañuelo de seda que había dejado sobre la almohada, Victoria Ames sonrió como si recibiera a una invitada.

—Maggie —dijo—. Al fin vienes sin Henry.

Margaret dio un paso.

—Al fin vienes sin esconderte detrás de los viejos.

Antes de salir hacia el edificio industrial, Margaret pidió cambiarse de ropa. No quería ir en bata ni con el chal que Clara le había elegido para parecer frágil ante los médicos. Rosa le ayudó a ponerse un vestido azul oscuro y un abrigo gris de lana.

—¿Está segura? —preguntó Rosa.

Margaret se miró al espejo. Los moretones seguían allí, bajo la tela, pero ya no dictaban su postura.

—No. Pero ya he confundido demasiadas veces la seguridad con la jaula.

En la planta baja, Liam la vio bajar la escalera y entendió por qué Clara había tenido tanta prisa en encerrarla. No era porque Margaret estuviera perdiendo la cabeza. Era porque, recuperada la voz, podía destruirlos a todos sin levantarla.

Antes de salir, Margaret pidió ver la fotografía de Victoria joven. La sostuvo con una mano y con la otra tocó la esquina donde Henry aparecía medio sonriendo.

—Nunca me habló de cuánto la temía —dijo.

Liam se sorprendió.

—¿Temía?

—Sí. Los hombres no siempre temen a quienes gritan. A veces temen más a quien recuerda exactamente dónde les duele.

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Miró hacia la habitación vacía de Eleanor.

—Victoria no nos atacó por dinero solamente. Nos atacó porque Henry fue la única persona que la vio perder y siguió viviendo.

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