Capítulo 10 - La página diez

Chapter 10 - Capítulo 10 - La página diez
La página diez tenía un margen torcido.
Morgan se fijó en eso antes que en la firma, quizá porque el cerebro busca defectos pequeños cuando lo grande duele demasiado. El papel había sido escaneado mal, o quizá alguien lo había colocado deprisa en una máquina una noche sin sueño.
La cláusula decía que cualquier notificación relativa a las garantías históricas del fondo Vale podía diferirse hasta después de la formalización matrimonial si ambas partes Mercer consideraban que la información podía “alterar la estabilidad de la negociación”.
Morgan leyó la frase dos veces.
Ambas partes Mercer.
No pareja. No prometidos. No socios.
Mercer.
Ethan había firmado debajo.
—Explícamelo —dijo ella.
Ethan pasó una mano por la boca. Había perdido el brillo de los hombres seguros. Ahora parecía alguien sentado en la cocina a las tres de la mañana, mirando una factura imposible.
—Mi madre me dijo que era una protección temporal.
—Para quién.
—Para la empresa.
—Te pregunté para quién.
Él la miró.
—Para mí.
La honestidad llegó tarde, pero llegó desnuda.
Morgan sintió una punzada extraña. No era satisfacción. Era duelo. Había querido que dijera otra cosa, una cobardía más bonita, una excusa con perfume. Pero Ethan, al fin, le dio la verdad: la eligió menos que a su miedo.
Brooke lloró, y esta vez no intentó ocultarlo.
—Ethan, ¿cómo pudiste?
Él se giró hacia su hermana.
—Tú no entiendes lo que mamá puede hacer cuando se siente acorralada.
—Sí lo entiendo —dijo Brooke—. Por eso yo no iba a casarme con Morgan.
La frase atravesó la habitación.
Ethan se quedó quieto.
Gerald cerró los ojos un segundo, como si hubiera visto demasiadas veces el mismo drama con apellidos diferentes.
Morgan recogió la página diez y la guardó en una funda transparente.
—Esto irá al consejo.
Ethan asintió lentamente.
—Lo sé.
—Y al tribunal, si hace falta.
—Lo sé.
—Y no te convierte en valiente traerlo después de que te descubrieran.
Ethan recibió esa frase sin defenderse. Morgan agradeció la falta de protesta. Hay días en que una mujer no puede cargar también con la necesidad de educar al hombre que la hirió.
—No vine a pedir perdón —dijo él.
Morgan arqueó apenas una ceja.
—No tendrías dónde ponerlo.
Ethan bajó la mirada.
—Vine porque mi madre prepara algo con los inversores. Quiere convocar una reunión extraordinaria y presentarte como emocionalmente inestable. Dirá que rompiste el compromiso por despecho y que estás usando documentos familiares sin contexto.
Brooke soltó una risa amarga.
—Claro. Mujer con papeles: histérica. Hombre con deudas: visionario.
Morgan la miró con sorpresa. Brooke se secó la cara.
—Estoy aprendiendo.
Por primera vez desde la noche anterior, Morgan casi sonrió de verdad.
Gerald encendió la cafetera italiana en su hornilla eléctrica. El gesto pareció doméstico y absurdo en medio de aquella batalla. Pero el olor a café llenó el despacho y le recordó a Morgan que incluso las guerras se ganan mejor con el estómago caliente.
—Necesitamos anticiparnos —dijo Gerald—. Si Evelyn convoca al consejo, debemos llevar no solo la página diez, sino la cadena completa: la carta de Leonor, la grabación de Thomas, el diario de Isabel y la fotografía de Vigo.
—Y a Rafael —añadió Morgan.
—Rafael declarará —dijo Ethan.
Todos lo miraron.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi madre lo llamó esta mañana para amenazarlo.
Gerald dejó de servir café.
—¿Con qué?
Ethan sacó el móvil.
—Grabé la llamada. Estaba en el pasillo del club cuando él contestó. No sé si sirve legalmente.
Gerald tomó el teléfono.
—Servirá para hacerla sudar.
Morgan miró a Ethan. No con ternura. Con una curiosidad cansada.
—¿Por qué la grabaste?
Él tardó en responder.
—Porque cuando la oí decirle a Rafael que podía volver a enterrarlo socialmente, oí a mi padre.
No fue una excusa. Fue una herida.
Morgan no la curó.
—Eso no repara lo mío.
—No lo espero.
Brooke se levantó y fue hacia la ventana. Abajo, la librería abría sus puertas. Una mujer colocaba novelas en un carrito exterior, tapas de colores bajo el cielo gris. Morgan pensó que las vidas ajenas siempre parecen ordenadas desde una ventana.
El móvil de Morgan vibró.
Número desconocido.
Un mensaje.
Señorita Vale, soy Nora Bell, asistente personal de Evelyn Mercer. Necesito hablar antes de que destruyan otra vida. Tengo copias de los documentos de la boda.
Morgan leyó el mensaje en voz alta.
Ethan palideció.
—Nora no escribiría si no estuviera desesperada.
—¿Quién es Nora Bell? —preguntó Gerald.
Brooke se volvió.
—La mujer que mi madre hace sentar en la cocina durante las reuniones importantes. Como si las secretarias no tuvieran oídos.
Morgan respondió con una sola palabra:
Dónde.
La respuesta llegó al instante.
Capilla de Saint Agnes. A las cinco. Venga sola si quiere saber por qué Evelyn eligió junio para su boda.
Morgan miró a Ethan.
Él no entendía.
Pero Gerald sí.
El abogado murmuró:
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—Junio no era una fecha romántica.
Y Morgan comprendió que hasta el día de su boda había sido elegido por una cláusula que nadie le leyó.