CAPÍTULO 2: LA TARJETA

Daniel negó la letra antes de que yo se la enseñara de cerca.
—No es mía —dijo.
Pero la voz se le quebró al final.
La tarjeta quedó entre los dos sobre la cómoda, pequeña, blanca y de pronto más inquietante que el propio osito. Decía: Para nuestra preciosa Lily, con amor, la abuela y el abuelo. Las letras eran rectas, apresuradas, casi idénticas a las de Daniel cuando firmaba un formulario sin mirar. No exactas. Lo bastante parecidas para enfriarme la sangre.
—Yo no escribí eso —repitió.
—Lo sé.
Quería saberlo. El miedo tiene una crueldad particular: durante un segundo convierte todos los rostros queridos en sospechosos.
Aaron llegó cuarenta minutos después con un técnico de civil llamado Evan, un hombre silencioso que llevaba un maletín negro y hablaba como quien no quería asustar más de lo necesario. Para entonces la fiesta había terminado antes de empezar. A los otros padres les dije que Lily se sentía mal. Ella estaba en su habitación, comiendo pastel y viendo dibujos, sin saber que el juguete que había abrazado estaba ahora sobre nuestra mesa como si fuera un arma.
Evan se puso guantes.
Daniel se quedó detrás de mi silla.
Aaron observó el osito sin pestañear.
Con una cuchilla diminuta, Evan abrió la costura de la espalda. Sacó relleno. Después apareció el aparato: una cámara inalámbrica compacta, un micrófono, una batería y una tarjeta microSD. El lente estaba colocado exactamente detrás del ojo izquierdo.
Daniel retrocedió tan rápido que golpeó la encimera con la cadera.
—Dios mío.
Evan insertó la tarjeta en un lector.
—Hay archivos.
—¿Cuántos? —pregunté.
—Varios.
El primer video se abrió.
Mostraba una mesa que reconocí de inmediato.
La cocina de Margaret Whitmore.
Las cortinas de flores. El frutero de cerámica azul. Sus manos delgadas girando el osito hacia ella.
La voz de Richard llegó desde fuera de cámara.
—¿Estás segura de que esto es legal?
Margaret respondió con calma, casi irritada.
—Es nuestra nieta. Tenemos derecho a saber qué ocurre en esa casa.
Daniel se tapó la boca.
El segundo clip mostraba a Richard probando la señal. El tercero, a Margaret inclinándose hacia el peluche y susurrando:
—Si Claire le grita a Lily, por fin tendremos pruebas.
Sentí náuseas.
Pruebas.
No protección.
Pruebas.
Evan abrió otro archivo.
Margaret otra vez.
—Ha envenenado a Daniel contra nosotros. Si demostramos inestabilidad, el tribunal escuchará.
Daniel murmuró:
—¿Tribunal?
La mandíbula de Aaron se tensó.
Evan abrió una carpeta titulada Prueba de configuración. La primera grabación había sido creada dieciséis días antes del cumpleaños. Antes de que el regalo llegara. Antes de que supiéramos que existía.
Luego apareció un último video.
El osito estaba sobre la mesa de Margaret mientras Richard ajustaba el ojo. Al fondo, medio fuera de cuadro, se veía un documento.
Aaron se inclinó.
—Pausa.
Evan congeló la imagen y amplió.
El título era borroso, pero legible.
Preocupaciones sobre Claire.
Daniel se agarró al respaldo de una silla.
Yo sentí crecer una rabia extrañamente silenciosa. La clase de rabia que no explota porque ya ha empezado a hacer inventario.
Aaron se volvió hacia mí.
—Claire, voy a llevar esto a la detective Hollis. Tú y Daniel tendrán que declarar.
Daniel seguía mirando la imagen congelada.
—Estaban preparando un caso.
—Sí —dijo Aaron.
—Contra mi esposa.
Lo miré. Parecía destruido.
Eso debería haberme ablandado, pero otra idea llegó antes.
—Evan, ¿ese dispositivo podía conectarse en directo?
—Sí. Si estaba configurado, podía verse a distancia.
—¿Lo estaba?
Trabajó un minuto.
Su rostro cambió.
—Sí.
Aaron se acercó.
—¿A qué cuenta?
Evan miró a Daniel.
—A un correo registrado a nombre de su padre.
Daniel cerró los ojos.
Volví a tomar la tarjeta y observé aquella letra tan parecida a la suya.
Entonces Evan dijo una cosa más.
—Hay historial de emparejamiento activo.
Aaron levantó la mirada.
—¿Con qué dispositivo?
Evan giró el portátil hacia nosotros.
El osito se había conectado una vez antes.
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No en casa de Margaret.
En la escuela de Lily.