Capítulo 11 - El nombre en la tarjeta

Capítulo 11 - El nombre en la tarjeta
Durante unos segundos, Cassandra escuchó solo el sonido del intermitente.
Gerald conducía por la M-30 con una serenidad que ahora parecía demasiado perfecta. Las luces de los coches se estiraban sobre el asfalto mojado. Olivia iba atrás con los niños en otro vehículo policial. Margaret había quedado en el hotel bajo advertencia formal. Nathan, quién sabía dónde, seguía moviendo piezas.
Cassandra sostuvo la tarjeta de memoria entre dos dedos.
“Abuelo Gerald también estuvo allí.”
No decía Gerald. Decía abuelo Gerald. En letra de niño. Con esa forma inocente de repetir lo que se oye sin entender la carga de las palabras.
—Para en la próxima gasolinera —dijo Cassandra.
Gerald no preguntó. Eso fue peor.
Salió de la vía y aparcó junto a una tienda iluminada donde vendían bocadillos envueltos en plástico, caramelos para el viaje y cafés que olían a madrugada. Apagó el motor. Durante un instante los dos miraron al frente.
—¿Qué hay en esa tarjeta? —preguntó él.
—Eso iba a preguntarte.
Gerald giró despacio la cabeza.
Cassandra le mostró la nota.
La leyó. No palideció. No actuó sorprendido. Solo envejeció diez años.
—No soy su abuelo —dijo.
—No he preguntado eso.
Él se quitó las gafas.
—Estuve en San Aurelio la noche que murió tu madre.
Cassandra sintió que el aire dentro del coche se volvía insuficiente.
—Me dijiste que llegaste después.
—Te dije lo que tu padre me pidió que dijera.
La frase abrió una habitación nueva, más dolorosa quizá que la mentira de Nathan. Gerald no era un amante traidor ni una suegra ambiciosa. Gerald era parte de la arquitectura de confianza de su infancia. Había estado en cumpleaños, funerales, firmas, cenas donde su padre hablaba de política y su madre servía tortilla de patata como si alimentar fuera también proteger.
—Habla —dijo Cassandra.
Gerald miró hacia la tienda. Una empleada limpiaba la cafetera con movimientos lentos.
—Clara me llamó antes del accidente. Dijo que iba a reunirse con el auditor Hart. Me pidió que avisara a Lorenzo si no llamaba en una hora. Yo era joven, acababa de entrar al despacho de tu padre. Quise hacer todo bien. Cuando no llamó, fui a San Aurelio porque recibí un mensaje anónimo diciendo que la habían llevado allí.
—¿La viste viva?
Gerald cerró los ojos.
—Sí.
Cassandra apretó la tarjeta.
—¿Y no me lo dijiste nunca?
—Tu padre llegó minutos después. Clara estaba consciente, pero muy débil. Dijo tres cosas. Que Margaret no debía tocar la fundación. Que Rosa tenía la segunda llave. Y que tú no debías casarte jamás con Nathan Mercer.
Cassandra sintió que esas palabras le golpeaban por dentro con retraso de veinte años.
—Me casé con él.
—Lo sé.
—¿Y nadie me lo dijo?
Gerald volvió a mirarla. Tenía lágrimas en los ojos, pero no las usó para pedir perdón.
—Tu padre quiso decírtelo. Luego te vio enamorada. Luego Nathan salvó, o pareció salvar, a un niño en una cirugía durante una gala. Todo el mundo hablaba de él como si fuera una respuesta a todas las pérdidas. Lorenzo dudó. Yo obedecí.
—Obedeciste mal.
—Sí.
La aceptación fue tan simple que Cassandra no pudo atacarla de inmediato. Eso también dolía. Era más fácil pelear con quien se defiende.
—¿Por qué Nico escribió “abuelo Gerald”?
Gerald respiró hondo.
—Porque Rosa tenía un padre llamado Gerardo Beltrán. No yo. En inglés, Olivia pudo haber oído Gerald. O Nico confundió nombres.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Cassandra abrió la puerta del coche y salió. El frío le dio en la cara. Caminó hasta la tienda, compró un café que no quería y pidió prestado un adaptador para tarjetas a la empleada, que la miró como si no fuera la primera mujer de esa noche intentando recomponer una vida con tecnología barata.
Volvió al coche.
Gerald no intentó detenerla.
Conectaron la tarjeta al portátil.
Había un solo vídeo.
La imagen era mala, antigua, grabada quizá desde una cámara de seguridad del archivo de San Aurelio. Se veía a Margaret más joven entrando en una sala con Nathan, de veintitantos años. Un hombre mayor estaba de espaldas. Rosa Beltrán aparecía al fondo, embarazada, escondida tras una estantería.
El audio era bajo, pero claro en una frase.
Margaret decía:
“Si Clara habla, Cassandra nunca será nuestra.”
Nathan respondió:
“Entonces asegúrate de que mi madre no haya hecho todo esto para nada.”
Cassandra dejó de sentir el cuerpo.
Gerald bajó la cabeza.
No había interpretación posible.
Nathan no era un joven inocente en una historia heredada.
Había estado allí.
Había elegido.
El vídeo siguió unos segundos más. Margaret entregaba una llave a alguien fuera de plano. Rosa, desde el fondo, se llevaba una mano al vientre.
Y antes de que la grabación terminara, apareció el rostro del hombre mayor.
No era Gerardo Beltrán.
Era Lorenzo Montalvo.
El padre de Cassandra.
Cassandra miró a Gerald en la penumbra del coche y por primera vez no vio al abogado de su padre, sino a un hombre que también había sido joven, cobarde, obediente, atrapado por una lealtad mal entendida. Eso no lo absolvía. Pero lo devolvía a la escala humana, y quizá por eso dolía más. Los monstruos son fáciles de colocar lejos; los hombres débiles se parecen demasiado a las personas sentadas en nuestras mesas.
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El limpiaparabrisas siguió moviéndose sobre el cristal aunque la lluvia había parado. Ese ir y venir absurdo la hipnotizó unos segundos. Pensó que así había vivido ella: quitando de delante pequeñas gotas, sin mirar la tormenta que alguien había organizado al otro lado del parabrisas.
Si quieres saber por qué el padre de Cassandra apareció en el vídeo de aquella noche, sigue leyendo.