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Capítulo 03 - El padre detrás del cristal

Chapter 03 - Capítulo 03 - El padre detrás del cristal

Audrey no reprodujo la grabación por segunda vez.

La primera bastó para reconocer la voz de Arthur, su forma de respirar entre frases y el pequeño carraspeo que hacía cuando estaba cansado. El vídeo mostraba la fecha correcta. A las diez y diecisiete de la noche, su padre entró en la sala de servidores acompañado por Marcus Bell, director de seguridad informática.

—Puede estar manipulado —dijo Elena.

—También la transferencia parecía imposible.

—No entregues esto al consejo todavía.

Audrey la miró.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos quién preparó el paquete. Si es una trampa, esperan una reacción.

Audrey guardó la memoria en el bolsillo interior de su chaqueta.

Arthur no contestó sus llamadas.

La recepción informó de que había abandonado el edificio por el garaje privado. Elena rastreó el coche. Se dirigía al norte, hacia la finca familiar de Westchester.

—Voy allí —dijo Audrey.

—No sola.

—No quiero abogados.

—Precisamente por eso voy contigo.

La finca Pembroke no era una mansión ostentosa. Arthur detestaba las columnas falsas y los salones diseñados para impresionar. Era una casa de piedra gris, rodeada de arces y demasiado grande para las dos personas que la habían habitado después de la muerte de Margaret Pembroke, la madre de Audrey.

Arthur estaba en la biblioteca.

Había encendido la chimenea aunque no hacía frío. Sobre la mesa descansaba una caja metálica, varios archivos y una fotografía antigua de dos hombres jóvenes frente a un almacén.

Uno era Arthur.

El otro era Samuel Whitlock, el padre fallecido de Dominic.

—Tardaste —dijo Arthur.

—Me suspendiste.

—El consejo te suspendió.

—Con tu propuesta.

Elena permaneció junto a la puerta.

Audrey dejó la memoria USB sobre la mesa.

—Explícame esto.

Arthur no preguntó qué contenía.

—¿Quién te lo dio?

—Eso no es una explicación.

Él se sentó con dificultad.

—La voz es mía. El vídeo también.

Audrey sintió que algo dentro de ella se endurecía.

—¿Transferiste el dinero?

—No.

—Entraste en la sala de servidores.

—Para activar un protocolo de aislamiento.

—¿Y la frase sobre dejarme fuera?

Arthur miró a Elena.

—Lo que diga aquí no puede salir de esta habitación.

—No estás en posición de exigir condiciones —respondió Audrey.

Arthur abrió la caja metálica.

Dentro había acciones impresas, acuerdos de socios y cartas con más de treinta años.

Pembroke Holdings no había sido creada solo por Arthur. Samuel Whitlock aportó capital y contactos durante los primeros años. Cuando la empresa casi quebró, Arthur compró su participación por una cifra mínima.

—Dominic siempre dijo que engañaste a su padre —dijo Audrey.

—Samuel vendió voluntariamente.

—¿Por qué?

Arthur tardó.

—Porque estaba bajo investigación federal.

Samuel había utilizado empresas pantalla para pagar sobornos en contratos portuarios. Arthur descubrió la operación y le dio dos opciones: vender su participación y marcharse o ser denunciado.

—¿Lo denunciaste?

—No.

—Entonces lo protegiste.

—Protegí la empresa.

La misma frase que había usado esa mañana.

—¿Y qué empezó anoche?

Arthur señaló un archivo.

—Hace seis meses descubrimos que Dominic estaba reconstruyendo la red de Samuel dentro de Pembroke. Contratos falsos, consultoras, pagos a intermediarios. Quería reunir pruebas sin alertarlo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque eras su esposa.

—Era tu hija.

—Y lo amabas.

Audrey respiró despacio.

—No tenías derecho a decidir qué verdad podía soportar.

Arthur bajó la mirada.

—No.

La admisión inesperada no alivió nada.

Marcus Bell había creado un sistema espejo para rastrear transferencias sospechosas. La noche anterior, Arthur entró a activarlo. La frase grabada estaba dirigida a Marcus.

—Pensaba apartarte temporalmente después del divorcio —explicó—. Dominic sabía que todavía confiabas en ciertos ejecutivos. Temía que usara esa confianza para llegar al sistema.

—Así que planeabas sacrificar mi reputación.

—Planeaba protegerte.

Audrey soltó una risa sin alegría.

—Los hombres de mi vida han hecho cosas extraordinarias para protegerme de mi derecho a elegir.

Elena revisó los documentos.

—Si el sistema espejo estaba activo, ¿por qué no detectó la transferencia?

Arthur miró hacia la ventana.

—Porque alguien lo desactivó desde dentro.

—Marcus.

—Desapareció esta mañana.

Audrey sintió un escalofrío.

Arthur le entregó una llave de seguridad.

—Antes de irse, dejó esto en mi coche.

La llave abría una caja de depósito bancaria. Dentro, según Arthur, Marcus había guardado la copia completa de los registros.

—¿Por qué no la has abierto?

—La caja exige dos firmas.

Arthur mostró el documento.

Una era la suya.

La otra pertenecía a Audrey.

—¿Por qué yo?

—Porque Marcus no confiaba en mí del todo.

Arthur admitió que Marcus había pedido durante años separar la seguridad informática del control familiar. Arthur rechazó la propuesta porque no quería que un comité externo conociera todas las operaciones. Cuando empezó a sospechar de Dominic, exigió al mismo hombre que rompiera las reglas que antes se negó a mejorar.

—Le pediste independencia cuando te convenía y obediencia cuando estabas asustado —dijo Audrey.

—Sí.

—¿Alguna vez pensaste que la empresa no era insegura por los enemigos de fuera, sino porque todos vosotros necesitabais una puerta privada?

Arthur miró la llave entre sus dedos.

—Lo pienso ahora.

Por primera vez, Audrey sintió una punzada de respeto por un hombre al que apenas conocía.

Fueron al banco esa misma tarde.

La caja contenía tres discos, un cuaderno y una fotografía de Natalie entrando en un hotel con Charles Whitlock.

El cuaderno detallaba meses de transferencias.

Pero la última página tenía una sola frase:

«Dominic no es el heredero del plan. Natalie lo es».

Audrey abrió el primer disco.

Había contratos firmados por Natalie, mensajes con Victoria y una grabación en la que Charles decía:

—Cuando Dominic crea que la empresa es suya, lo apartaremos. Audrey cargará con el fraude. Natalie ocupará su lugar.

Elena miró a Audrey.

—Tu exmarido no era el cerebro.

—No.

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Audrey observó la fotografía de Natalie.

—Era la próxima víctima.

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